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Thursday, March 01, 2012

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Critica SHAME


Titulo: Shame
Director: Steve McQueen
País: Reino Unido.
Género: Drama
Guión: Steve McQueen, Abi Morgan
Fotografía: Sean Bobbitt
Música: Harry Escott
Sinopsis Brandon (Michael Fassbender) es un treintañero neoyorquino con serios problemas para controlar y disfrutar de su vida sexual. Se pasa el día viendo páginas pornográficas y manteniendo contactos con solteras de Manhattan... 
Trailer: Shame

ATENCIÓN, la presente reseña posee abundantes spoilers.
Debido a su maestría e impagable vivacidad, algunas películas merecen que se les mencione con respeto. Shame es una de ellas. Y en esta oportunidad —como en algunas otras— tratare de hacer honor al sentido más estricto de la palabra «critica», que quiere decir «conocimiento», y no tanto en el sentido vulgar de juzgar o subvalorar. Aunque por motivos de justicia, finalmente designare una puntuación como lo he hecho en todos los casos. 

En la primera secuencia de Shame, Steve McQueen nos induce al descenso de los infiernos de un hombre atrapado ante los excesos sexuales que lo dominan. Allí en las profundidades de Manhattan, Brandon viaja en metro mientras intimida con solo una mirada, a una de sus nuevas víctimas (el depredador y su presa). El segundo largometraje de McQueen, resulta abruptamente absorbente desde su primer fotograma. Ya que atrapa rotundamente con su atroz y sagas argumento, convirtiéndose en una experiencia arrolladora y dolorosa. En donde el drama concebido, se diferencia de otros vistos, por ser excesivamente realista y carente de disimulos. ¡El exceso está servido! ¡La vergüenza de  McQueen no ha tenido lugar! Shame es la alianza de performance y el ingenio. De Fassbender-Mulligan y Steve McQueen. 


El depredador apresado.
 
En  su laureado debut Hunger,  McQueen entregó una obra políticamente demoledora, avivada por la compleja e inteligente dirección que catapultaba a este realizador, a las aguas inquietas de las mentes más prometedoras de la realización cinematográfica.  Con su segundo largometraje Shame, McQueen vuelve intrínsecamente a explorar los límites humanos, a escarbar y manosear en los más oscuros secretos y placeres que motivan al ser. Shame es un drama agudo, que transfigura lo tópico y representa ese difícil límite entre la emoción y la sensibilidad. Esta película que se percibe coral, está conformada por danzas corporales, miradas empujadas por la estremecedora y circundante música de Harry Scott (el tema introductorio vitaliza angustiosamente este descenso a los infiernos) y minuciosos flash-backs que documentan el menoscabo mordaz de Brandon, mientras prevalece con notoriedad en este escabroso camino, las texturas, los sonidos, el sentimiento, el hedonismo frustrado, y en última instancia, el quiebre, el dolor.

Para poder ver Shame y no correr el riesgo de terminar en terreno equivoco, hay que rediscutir la manera en que el medio ha promocionado la cinta. Incluso, con más exactitud, se debe ver la cinta sin ninguna expectativa y rescatando tal cual detalle de la sinopsis. Brandon (Michael Fassbender) entregado a su supuesta adicción al sexo, vive rodeado por la frialdad del absolutismo que el sistema capitalista adjudica a sus súbditos. De esta manera vemos como McQueen manosea nuevamente el mismo elemento político que cito en Hunger, pero despista al arropar su intención, en otro trasfondo mucho más polémico y humanista —es imposible no identificarse e impresionarse con el tema—.  Brandon es un hombre insaciable, que busca desequilibradamente conseguir el placer, pero que siempre desea y quiere más —es un ir más allá constante—. Otra señal que recurre al sistema económico norteamericano —y además dominante en todo el mundo—, que impregna a sus seres de angustia y desesperación, y que anulan la posibilidad misma de la complacencia, demandando más, exigiendo siempre más. Brandon como fiel esclavo de su medio, piensa que no hay nada de malo en él, y sigue en su constante búsqueda por el placer, arrojándose a terrenos escabrosos. Hasta que llega Sissy (Carey Mulligan), otro ser con heridas emocionales que representa un punto de inflexión en la supuesta armonía de Brandon —a veces basta un elemento de irritación para que una situación encuentre el desenlace histórico detrás del cual estaba—. De esta manera seremos testigos del exceso de escenas consumadas a la perfección por la maestría de su realizador, que representan y continúan el estricto estilismo de McQueen, desde la explicitud visual, los largos diálogos en tomas fijas carente de artificios y sorpresas, los cuerpos en movimiento en medio del frenesí sexual, la honestidad narrativa —el argumento es mínimo pero real y brillante—, la enigmática  secuencia del trote de Brandom por la gran manzana, el vía crucis sexual de este antihéroe entre el placer fetichista y homosexual —ya el sexo «corriente» no le genera satisfacción—, el canto Sissy que alberga el sufrimiento que la atormenta,  en conclusión, seremos testigos de la descomposición de estos hermanos que dejan su sangre y su piel por el camino que transitan. Evidentemente Shame no es una película fácil de ver y digerir, es una película digna de ser abandonada a la mitad de su metraje, por las inmensas sensaciones y reacciones que produce —hoy en día no se va al cine para que te descompongan emocionalmente—, Shame es una película que puede repeler al público, pero que consigue algo reamente brillante en todos aquellos espectadores que se arrojen ante esta frenética experiencia. Consigue dejar la huella de la duda. Nos hace plantearnos nuestro sistema de vida y nos hace preguntarnos y cuestionarnos quién es cada quién en el juego del gato y el ratón. Del depredador y de la presa. Del sistema y el medio que nos rodea, y el consumismo y la posmodernidad que nos envuelve con sus brillos. Una película que deja huella, por muy dolorosa que sea.  Porque al igual que Brandom, el «ser» toma conciencia de su ignominia cuando hay un elemento de agitación. Y en ese momento de revelación, hay un quiebre, una ruptura y un cambio.


Tan brillante y solvente como su ritmo y su dirección, resulta el monumental trabajo actoral de Michael Fassbender, quien realiza aquí, el papel de su carrera. Fassbender se transforma internamente en este roedor contemporáneo. Portador del virus de la ansiedad, la lujuria, el tormento, la lucha, la duda, la entrega, la soledad y la desdicha.  Su semblanza, su belleza y su imperfección física representan otro ingrediente que magnetizan al espectador. Muy pocas veces se ve en la gran pantalla un actor como Fassbender, entregado —hasta sus últimas consecuencias— a las miserias de su personaje. Carey Mulligan es la perfecta contrapartida al personaje masculino, su locura, su inconsistencia, sus cambios emocionales proporcionan a ratos afición y empatía. Dos actuaciones explicitas —con desnudos, confrontaciones y demás— que impregnan la pantalla de rotunda autenticidad. Difícilmente una película y unos personajes como estos, puedan olvidarse.

En definitiva, Shame es una propuesta realista que recalca la insensibilidad humanista del capitalismo, que genera ansiedad y explota el cuerpo como síntoma del descentramiento del sujeto. Un crudo y atroz retrato de los excesos y las miserias humanas. Una película que reduce a cenizas el sueño americano. Que transfigura a sangre, oscuridad y sexo, el estilo de vida contemporánea —reflejado en la mínima escala de Nueva York—. Con personajes complejos psicológicamente, y momentos tan delirantes como perturbadores. McQueen tras Hunger, saca el cine a la calle y lo ensucia un poco. Éso se agradece hoy en día.

Nota: 9.0/10

Friday, February 03, 2012

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Critica THE GIRL WITH THE DRAGON TATTOO



Titulo: The Girl with the Dragon Tattoo
Director: David Fincher
País: Estados Unidos
Género: Thriller.
Guión: Steven Zaillian
Fotografía: Jeff Cronenweth
Música: Trent Reznor, Atticus Ross
Sinopsis Esperando poder distanciarse de la acusación de difamación que pesa sobre él, el periodista Mikael Blomkvist se traslada a una isla remota en el norte de Suecia donde la muerte aún no resuelta de una joven atormenta a su tío cuarenta años después. Alojado en una cabaña de la isla donde el asesino puede estar aún rondando, la investigación de Blomkvist le lleva a dibujar los secretos y mentiras de esta poderosa y rica familia junto a una rara aliada, la tatuada y hacker punki, Lisbeth Salander.

El público que se acerca al visionado del remake de Fincher sin conocer la obra de Larsson ni la película de Arden Oplev, se encontrara con un thriller que engancha gracias a su belleza estética y algunos trucos del montaje. Otro sector del púbico —seguramente mucho más reducido— que conoce los cimientos que dan forma a este remake, se encontrara de igual manera, con una obra cinematográfica que representa en parte la prosa de Larsson y mejora potencialmente la película de Arden Oplev. Pero, en ambos casos, The Girl with the Dragon Tattoo resulta una paradójica irresolución por parte de Fincher —aunque claramente ha hecho la película esperada— con los mismos azarosos y penosos desaciertos que nacieron en el bestseller, y que se descollaron con precipitación en la producción sueca.

Se llama David Fincher, y es el realizador más irascible hoy en día. Cuenta en su filmografía con formidables maravillas como lo son Se7en (1995), The Game (1997), Fight Club (1999) y Zodiac (2007). Su sello, produjo una marca indeleble entre las más meritorias y solventes del cine norteamericano, ratificándolo como uno de los mejores realizadores de su país. Pero, aunque su estilo cinematográfico ha adquirido cierta perfección a lo largo de los años,  David Fincher se ha convertido en un director muy dócil y obediente a la industria —pese a que siempre proyecta la imagen del rebelde presuntuoso— por concebir últimamente producciones que sólo representan el vestigio frío del cine contemporáneo, pervirtiendo la vieja facultad de Fincher, que fomentaba un cine sombrío, radical e inteligente, en donde el fondo prevalecía ante la forma. Hoy en día, este neo-estilismo en Finche,r puede fascinar a muchos curiosos, pero también repeler a viejos admiradores. 



C.S.I: Fincherland.

Tras las pasadas The Curious Case of Benjamin Button (2008) y The Social Network (2010); Fincher emprende una nueva aventura, adaptando la primera obra de la trilogía de novelas policiacas Millennium, escrita por Karl Stig-Erland Larsson, titulada Los hombres que no amaban a las mujeres, pero llevada al cine como The Girl with the Dragon Tattoo. La trama gira en torno a la extenuante investigación que emprende el periodista Mikael Blomkvist y la perturbada y asocial Lisbeth Salander, por concebir la verdad sobre la muerte aun no resuelta de una joven proveniente de las familias más poderosas y emblemáticas de Suecia. Alojado en una cabaña de la isla donde el asesino puede estar aún rondando, la investigación de Blomkvist le lleva a dibujar los secretos y mentiras de esta poderosa y rica familia. La adaptación del libreto corre a cargo de Steven Zaillian (Moneyball, Schindler’s List, American Gangster, Gangs of New York…) quien en esta oportunidad, lamentablemente, no logra resolver con valentía, los punzantes errores de la obra en que se basa. Y es que es imposible no ratificar y expresar mi desconcierto por el bestseller de Arden Oplev, aquel thriller que encierra únicamente un tedioso proceso de investigación con personajes vitaminados de por medio. Sin ningún clímax hipnótico o atrapante, sin ningún momento de gran auge narrativo. Algo muy cercano a la soberana y burda tontería que concibe Dan Brown. Adaptar cinematográficamente una obra literaria, es también transformar la idea en que se basa, embellecer la propuesta y ocultar estratégicamente sus faltas. Cómo lo hiciera P.T Anderson con la novela de Upton Sinclair (por citar algún ejemplo). Pues bien, Fincher parte de este libreto fallido —y él lo sabe muy bien— e inteligentemente lo camufla con su filtro habitual: El impecable manejo a nivel técnico, el estratégico montaje y la poderosa etiqueta con su sello de rebeldía y egolatría. Por alguna razón Fincher nos arroja una introducción a lo “Inmigrant Song” de Led Zeppellin adaptada por Trent Reznor y Atticus Ross, gritándonos que lo que veremos es completamente mane in Fincherland. Pero, pese a que Fincher hace su mejor esfuerzo, The Girl with the Dragon Tattoo resulta indiscutiblemente un thriller fallido, sin intriga ni suspense. Una película meramente entretenida que en vez de hipnotizar —cómo lo hacen otras del género— logra únicamente solazar y atrapar al espectador con este deslumbre técnico y estos personajes repulidos estereotípicamente.

The Girl with the Dragon Tattoo como un thriller cinematográfico, es imperfecto. Porqué no conquista argumentalmente la atención del espectador. Al contrario, arroja vacilaciones tras su introducción y su desenlace, en donde no puntualiza algo tan clave como lo es la razón de la polémica mediática del periodista Mikael Blomkvist tras la difamación en el caso Wennerström; y concibe con agotamiento y debilidad la resolución de esta misma subtrama, en donde Salander emprende la misión de apropiarse del dinero sucio del entramado Wennerström. Además, las diferentes tramas no logran un equilibrio adecuado que permita una resolución absorbente y atractiva de toda la propuesta. La película posee un ritmo irregular que vaga entre la investigación genealógica del crimen, y la descripción de estos vacilantes personajes.  El de Lisbeth Salander (interpretado por Rooney Mara) es realmente cuestionable. Si bien en el libro es el más atrayente y seductor por su complejidad y sagacidad, en la película de Fincher, Salander se percibe sólo como una chica atormentada en donde lo complejo solo se ve en su vestimenta. Rooney Mara impacta únicamente por su transformación física, pero carece de verdaderos diálogos brillantes que potencien y haga más creíble su metamorfosis. Pero a Fincher le importa poco la reconstrucción de estos personajes, únicamente quiere impresionar desde su forma, y es por esto que grotescamente sobreexplota las escenas sexuales.


Este extenso videoclip con cameos publicitarios de Apple y la misma Nine Inch Nails, cuenta —como ya lo he dicho anteriormente— con un despliegue técnico exquisito. Desde la brillante, artificiosa y seductora fotografía de Cronenweth, el estratégico método de montaje y la impecable dirección artística. Trent Reznor y Atticus Ross nuevamente unen fuerza junto a Fincher para crear la música del film. Pero esta vez el resultado obtenido no es tan brillante como en The Social Network. De los 39 tracks de la partitura, únicamente 5 son recalcables, el resto es mero relleno, aunque en pantalla logra un efecto positivo pero no perdurable. El elenco es del todo gratificante, sobre todo porque resulta aceptable pese a su escaso detalle a la hora de construir los personajes. Daniel Craig a lo James Bond resulta paradójicamente convincente como Mikael Blomkvist y Rooney Mara visualmente luce fascinante, pero no cuenta a su haber con líneas que argumenten su personaje. Su silencio incomoda. Tras el maquillaje y los piercings se siguen divisando aquella tímida y tierna actriz llamada Rooney Mara. La actriz sueca Noomi Rapace resulta mucho más convincente en este caso.

Finalmente, The Girl with the Dragon Tattoo me termina decepcionante como lo ha hecho su director en los últimos años. Es una película que pudo ser brillante, pero que comete el error de volver a relamer los mismos errores de la obra literaria y de creer que sale a flote por poseer el estilismo de su realizador. Un thriller parcialmente entretenido, que carece de emoción y suspense. Una propuesta que jamás atrapa ni hipnotiza, que únicamente debe ser vista para apreciar el dominio estético del director. Una desilusión.

Nota: 6.0/10

Monday, January 23, 2012

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Critica THE ARTIST



Titulo: The Artist
Director: Michel Hazanavicius
País: Francia.
Género: Drama.
Guión: Michel Hazanavicius
Fotografía: Guillaume Schiffman
Música: Ludovic Bource
Sinopsis: Hollywood, 1927. George Valentin es una gran estrella del cine mudo a quien la vida le sonríe. Pero, con la llegada del cine sonoro, su carrera corre peligro de quedar sepultada en el olvido. Por su parte, la joven actriz Peppy Miller, que empezó como extra al lado de Valentin, se convierte en una estrella del cine sonoro.
Trailer: The Artist

Mágica, sorprendente, sensacional y maravillosa. Son algunos de los calificativos que ha recibido esta cinta francesa durante todo el 2011. Evidentemente, The Artist gusta y cala significativamente en un público selecto, no porqué la cinta de Hazanavicius sea del todo maravillosa, sino porque el público en cuestión, ama indiscutiblemente el cine. Por lo tanto, enaltecer con cierto fanatismo y respeto al séptimo arte, significa causalmente que nos debe gustar The Artist. ¿O no?

Michel Hazanavicius, se propuso la delicada labor de ir en búsqueda y el rescate de los orígenes del séptimo arte, para rendir un profundo tributo a la era muda, convirtiendo su película The Artist, en una película muda en pleno siglo XXI.  El proyecto puede resultar un tanto descabellado y hasta pretencioso si se le examina hondamente. Pero lo cierto es que la película viene a representar irónicamente, la novedad cinematográfica contemporánea, a partir de un conjunto de dogmas y movimientos artísticos que se creían olvidados en el pasado.



En la cúspide de la genealogía del cine.

The Artist, narra la historia del ocaso de un actor por la transición del cine mudo al sonoro, justo como también lo hiciera Sunset Boulevard (1950) o tal vez Singin’ in the Rain (1952). George Valentin —interpretado memorablemente por Jean Dujardin— es una gran estrella del cine mudo en la década del siglo XX. Justo allí donde la era muda alcanza la madurez en el séptimo arte. Llegada la invención del sonido en el cine gracias al vitaphone, la carrera, la fama y la gloria de Valentin, comienza a extinguirse. Mientras tanto, la joven y ecléctica actriz Peppy Miller —representada con sutileza y mucha sagacidad por Bérénice Bejo brota en el panorama artístico del cine sonoro.  

De esta manera, The Artist, recurre a representar arquetípicamente y con sumo cuidado del detalle, toda la caracterización y la artesanía de las películas del cine mudo, para contarnos esta historia de cine dentro del cine, rememorando y celebrando —con cognición de la aflicción que puede generar— la cúspide de la genealogía del séptimo arte. Pero no todo es maravilla y encanto en The Artist. La cinta de Hazanavicius, que parte de un guión un tanto superficial, recae en la terrible modalidad del tributo engañoso. Aquel en dónde sólo se puntualizan —con artificio y algo de astucia— los brillos que proyecta la superficie (el envoltorio) de este mundo primitivo. La película se va por el camino más fácil y condescendiente al público por la que fue creada —que sigan lloviendo los premios y los aplausos— y obvia el adentrarse y profundizar en la directriz analítica que demanda el tema. Como por ejemplo, representar con más respeto por la realidad, las miserias del cine mudo hollywoodense (no todo era tan fácil en aquella época, la historia de Peppy Miller es tramposa y nada creíble); analizar y recalcar la caída de la calidad cinematográfica con la aparición del cine sonoro, ya que la calidad visual de las películas en los años 20 (cine mudo) era increíblemente alta, junto a otros factores argumentales que se perciben inconclusos (como la extraña y obsesiva relación entre los protagonistas). Cómo pretexto para enaltecer y copiar la formula grafica del cine mudo, The Artist, es meramente una historia de dos actores cuyas carreras cambia con el auge técnico de la industria. Una película en donde abunda el encanto, el asombro y la magia (aunque en este caso es el truco) y escasea la nostalgia y la melancolía por los años que se fueron. Un tributo con mucho melado y pocos suspiros. Un bonito homenaje visual, con un guión —y un montaje— deficiente y trivial, que debió encarar con valentía e inteligencia, la verdadera naturaleza de aquellos años y aquel remoto mundo artístico. Siempre llevare en mi mente la picardía platónica de lo que puso ser The Artist, y de ese modo me doy cuenta, que la película perdería más de la mitad de su atolondrada audiencia.



Dirige Michel Hazanavicius. Director, actor y guionista francés. No conocía a Hazanavicius ni a sus filmes anteriores, y aun siento que lo desconozco. La escrupulosa personificación de la artesanía visual del cine mudo, que opera el director en The Artist es tan severa, que no diviso una personalidad artística, un sello cinematográfico tras el homenaje y la representación. Porqué, pese a que el sistema, el medio y la condición de posibilidad del cine mudo, denotaba ciertos rasgos que predominaran en todas las cintas de este tipo, siempre se percibía el distintivo y el sello de sus realizadores, o si no, que se revuelquen en su tumba Fritz Lang, F.W Murnay, Charles Chaplin, Erich von Stroheim, o hasta Carl Dreyer. Tanto la dirección, como el guion de Hazanavicius, me resultan injustificablemente dóciles.

Pese a los problemas que recalco, The Artist posee un visionado que engancha gracias al encanto de sus actores —incluida la parte canina. Dujardin evoca con gran sentido de la maravilla, los rasgos icónicos de algunos actores de aquella época. Tanto la mímica de Chaplin, la sonrisa de Fairbanks y el encanto de Clark Glabe. Bérénice Bejo es la contrapartida, generando una fuerte química entre ambos, y grandes dosis de frescura y belleza a los planos. Los rasgos expresivos alcanzan como era de esperarse —a propósito de la falta del sonido— un auge mayor y sorprendente. En su exactísima radiográfica del conjunto técnico de las películas del cine mudo,  The Artist posee una fuerte factura técnica. Desde la composición de su fotográfica (un claroscuro seductor), la dirección artística y la decoración de los sets, el vestuario, y la impecable y gloriosa música de Ludovic Bource (lo mejor de la película).

The Artist es demasiado mansa para mi gusto. Brilla, o consigue brillar de la manera más fácil, gracias al homenaje que plantea. Una película con un argumento pobre y una dirección demasiado corriente y uniforme. Poseedora de buenas actuaciones y una factura técnica de primera. Una cinta muda que convence engañosamente, usando un mínimo porcentaje de la realidad y grandes cantidades de edulcorantes.  Fácil de ver (aunque no lo parezca), pero no de olvidar (lamentablemente). Se deja ver. Mientras tanto, me sigo preguntando: ¿cómo sería el resultado si futuras generaciones y civilizaciones plantearan una expresión artística que homenajeara al cine hollywoodense del siglo XXI? ¿Tendría el mismo resultado mediático que The Artist?

Nota: 6.0/10

Tuesday, January 03, 2012

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Critica LIKE CRAZY



Titulo: Like Crazy
Director: Drake Doremus
País: Estados Unidos.
Género: Drama
Guión: Drake Doremus, Ben York Jones
Fotografía: John Guleserian
Música: Dustin O'Halloran
Sinopsis: Anna (Felicity Jones), una joven británica que estudia en la universidad de Los Ángeles, se enamora de Jacob (Anton Yelchin), un joven norteamericano, pero ambos se ven obligados a separarse cuando a ella no le renuevan el visado estadounidense para permenecer en los EE.UU. Anna regresa a Londres, y la pareja se ve forzada a mantener una relación a distancia.
Trailer: Like Crazy



Allí donde se había soñado en compañía, resucitan dos soledades.

Cuando finaliza la proyección de Like Crazy, viene a mi mente ésta peculiar y certera frase de  Eugenio d'Ors. No creo que exista otro aforismo que refleje tan certeramente lo que intenta representar Drake Doremus en su desenlace. Multipremiada en Sundance 2011, Like Crazy, cuenta la historia de amor de dos adolescentes (Anna y Jacob) que deben separarse  y mantener su relación a distancia por motivos estrictamente legales. Estamos ante un pequeño tesoro que viene a trasmutar en realismo, tanto al género independiente cómo al romance dramático.



Aunque su argumento no resulte del todo original, lo que sí es novedoso —y de una manera sorprendente— es su rotunda sinceridad y honestidad al momento de retratar el amor de juventud (el primer gran amor, el que más duele y marca nuestras vidas) con un encanto y un magnetismo que pocas veces se ve en la gran pantalla. Like Crazy se atreve entre su aparente sencillez técnica y argumental, a proponer el realismo que otras películas nunca alcanzan a representar. Ya que si se piensa en títulos románticos a los que se les adjudica el término realismo, siempre existe en éstos, una partida y un tratamiento artificioso y superficial que juega en pro de la finalidad de la película y no en pro de la realidad. Like Crazy pierde este artilugio predominante, y se embarca en la difícil labor de adjudicar el realismo en toda la propuesta, consiguiendo milagrosamente que gran parte del público se identifique con lo que se muestra en pantalla, y mejor aún, se enamore de su exquisita sensibilidad y vulnerabilidad.

Like Crazy se dispone a contarnos lo que puede llegar a doler el amor ante la distancia y las adversidades, haciendo hincapié en el grado en que el amor puede llegar a desgastarse por razones ajenas a los involucrados. Es una película pequeña y sencilla, pero intimista, nostálgica, y como no, brillante. Además de su tratamiento argumental extremadamente sensato y seductor, cuenta con dos ingredientes más a su favor: la mágica química que existe entre sus protagonistas —tanto Felicity Jones cómo Anton Yelchiny están extraordinarios, aportando enormes dosis de naturalidad y encanto a la propuesta, realmente te crees que esos dos personajes tan diferentes están enamorados y se necesitan el uno al otro— y la extraordinaria selección musical que acompañan las escenas —lo que se escucha en Like Crazy es una de las mejores bandas sonoras adaptadas de los últimos años, todos los tracks incentivan y elevan la frescura, la credibilidad y la nostalgia que propone.

La dirección de Drake Doremus (Douchebag, 2010) me resulta un tanto irritable y digna de un principiante. Algunas secuencias y el juego del montaje, puede que repela un tanto la atención del público, pero la frescura de su elenco y del argumento, permiten que está complicación pase finalmente desapercibida.  

Puede que por momentos exagere el romanticismo o que la dirección resulte algo imperfecta, pero el increíble realismo de Like Crazy y la brutal honestidad con que es contada esta historia, permiten que su visionado resulte del todo imprescindible y nutritivo. Like Crazy viene a hablarnos de esa primera fase de enamoramiento (amor ciego), de sus diatribas y del impacto que genera en nosotros. Es una película que provoca un sinfín de sensaciones difícilmente provocadas en otras películas del género, que cuenta con un extraordinario elenco actoral y una sencillez técnica y argumental atrapante y maravillosa. Un ejemplo rotundo de  que hoy en día un filme resulta creíble e impresionante gracias a la incursión y el talento de nuevos artistas.  Fresca y nostálgica. Una pequeña maravilla.

Nota: 7.0/10